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¿Quién se quedó con el Planetario?

El Planetario Severo Díaz Galindo fue durante años uno de los principales centros de divulgación científica y tecnológica en nuestro país, además de un punto de encuentro para las familias y visita obligada durante la infancia para los que crecieron en Guadalajara. Actualmente, se encuentra casi en un abandono que es reinterpretado constantemente.

Por

CRISTÓBAL ÁLVAREZ, DIEGO ANDONI

y DAVID FLORES

/ Fotografía: DIEGO ANDONI

/ Edición: DIEGO ARREDONDO

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¿Cuántas veces no hemos oído la frase de “Guadalajara es sus parques”? Muchos de nosotros tenemos a esos tíos que la invocan para evocar aquella ciudad, que fue escenario de sus juventudes y reminiscencia para sus vejeces. También la hemos oído de distintos personajes políticos que buscan ganarse el corazón de una ciudadanía que reconoce su ciudad en aquellos espacios que sirven, tanto como punto de encuentro, como puente entre barrios, área de intercambio o simplemente como ícono de identidad urbana. El espacio público en Guadalajara, como en cualquier otra ciudad, representa una especie de hogar colectivo en el que suceden los episodios más trascendentes en la historia común de la urbe.

 

Al momento de su apertura, en el año de 1982, el Planetario Severo Díaz Galindo fue proyectado por el ex alcalde de Guadalajara Arnulfo Villaseñor, como una iniciativa que buscaba convertirlo en uno de los complejos museográficos dedicados a la ciencia más desarrollados en todo el país, e inclusive, con expectativas por hacerse un espacio en el competitivo mundo de este tipo de recintos a nivel internacional. El proyecto tenía -en un inicio- todo para prosperar; apoyo gubernamental, un financiamiento suficiente, interés de los sectores académico y científico de la ciudad, y lo más importante: los habitantes de Guadalajara comenzaron, paulatinamente, a hacer suyo este espacio.

 

Poco a poco las áreas verdes que rodean al Planetario se fueron llenando de familias que acudían a maravillarse con el espectáculo educativo que ofrecían el F101 serie C de la Fuerza Aérea Estadounidense, los laboratorios de física o las impresionantes proyecciones en el domo celeste del lugar. Cuando parecía que éste era ya un espacio emblemático bien consolidado, dio inicio una cadena de acontecimientos que muy pocos hoy pueden o quieren explicar, y que ocasionaron que el recinto adquiriera su aspecto actual. Iniciando el nuevo milenio fue cuando todo empezó a venirse abajo; la gente dejó de asistir con tanto entusiasmo y el gobierno municipal dejó de invertir en el proyecto. Una cosa provocaba a la otra y acabó por formarse un círculo vicioso que dejó como conclusión un recinto abandonado, rechazado, olvidado.

Norberto Álvarez Romo, último director del Planetario, señala dos principales causantes de la decadencia del museo. Una es la falta de voluntad política de los gobernantes, que veían en el Severo Díaz Galindo una carga antes que una oportunidad y por esta razón propiciaron las condiciones que le llevarían a la muerte. Por otra parte, también fue determinante el abandono de la sociedad civil, es decir, que los intereses particulares, una vez más, se impusieron a los públicos.

 

Con la transición política de finales de los noventa, comenta Norberto, se perdieron todas las esperanzas de hacer del Planetario un espacio de clase mundial del que los habitantes de la ciudad se pudieran seguir sintiendo orgullosos. La agenda política del nuevo gobierno giraba hacia un rumbo diferente y tenían aspiraciones muy particulares que impidieron que el patronato del Centro de Ciencia y Tecnología, formado por más de veinte instituciones diferentes, pudiera avanzar en los múltiples proyectos que se tenían en mente. Se hablaba, por ejemplo, de crear un corredor cultural a través de toda la Calzada Independencia que funcionara como eje conector de ambas mitades de la ciudad, y que tuviera como vértebra principal la renovación del Severo Díaz Galindo y su vinculación con el proyecto del Guggenheim que, recordemos, intentó la construcción en nuestra ciudad de un museo similar a los otros que esta prestigiosa fundación de arte moderno tiene en ciudades como Nueva York, Bilbao y Venecia. Lo anterior no se pudo concretar, y en su lugar, la ciudad se quedó con una Calzada dividida por un sistema de autobuses de tránsito rápido, el Macrobús, que apenas cumple su objetivo fundamental; un decrépito desarrollo inmobiliario en los terrenos donde se iba a ubicar el museo Guggenheim; y con un Planetario que ahora está, literalmente, cayéndose a pedazos.

La otra razón, como Norberto detalla, pudiera ser la apatía que empezó a generarse entre la ciudadanía por su Planetario, que provocó el abandono del mismo. El desinterés por los espacios públicos ha sido una problemática recurrente en nuestra ciudad durante los últimos años. Parques como el antes concurrido Agua Azul, camellones repletos de maleza desordenada y hasta calles en estado de deterioro apenas tolerable dan muestra de que esos espacios algún día considerados como de todos se van diluyendo poco a poco hasta llegar a ser de nadie. El Planetario, con sus incontables y muy coloridos grafitis en las paredes y su techo desvalijado, es testigo viviente de esta dinámica de olvido colectivo que lenta y progresivamente lo convirtieron en un montón de concreto pintarrajeado y fierros doblados, lejos del centro de ciencia y tecnología que prometía llegar a ser.

 

Es complejo -y al día de hoy, inútil- tratar de encontrar un responsable único de la decadencia del Planetario: la poca voluntad política de las numerosas administraciones municipales que tuvieron en sus manos la continuidad del proyecto y simplemente optaron hacerlo a un lado; los intereses inmobiliarios que han acechado la zona por décadas; o la propia indolencia de los ciudadanos que, con el surgimiento de nuevas formas de entretenimiento, optaron por migrar hacia otros espacios de reunión. Actualmente, el Planetario carece casi en su totalidad del sentido de apropiación que algún día tuvo, sin embargo, hoy ha sido reclamado por quienes han sabido encontrar en él un valor muy peculiar que -aparentemente- nadie más fue capaz de apreciar.

Los dueños del Planetario

 

Es mediodía de un sábado cualquiera y Aarón hace su habitual revisión previa a los entrenamientos que él y su grupo suelen tener cada semana. Recorre los pasillos, linterna en mano y pistola enfundada, pues la amenaza del vandalismo siempre está latente aquí, un lugar que en otro tiempo cumplía la función de museo de ciencia. Antes, acudían niños y jóvenes para mirar las estrellas, descubrir las leyes de la física o imaginarse piloteando el Boeing 707 que recibía imponente a los visitantes en la entrada del lugar; pero ahora este mismo espacio sirve a veces como refugio para personas que cometen actos ilícitos, como ingerir alcohol u otras sustancias prohibidas, y aunque éste sigue siendo un sitio accesible para todos, no hay que indagar mucho para darse cuenta de que la vida que aquí hubo, ya no existe. O por lo menos, existe de forma muy distinta.

 

Aarón fue -hasta hace unos años- cadete en formación dentro de la Base Tres de la Policía de Guadalajara a través de un programa de brigadas. Niños y jóvenes se reunían periódicamente para recibir entrenamiento por parte de los gendarmes con el fin de desarrollar habilidades físicas y de liderazgo; posteriormente, los elementos policiales que estaban a cargo de los integrantes de la brigada (conocida simplemente como Brigada Héroes) perdieron interés en el grupo hasta distanciarse por completo de ellos.

Quienes conformaban con orgullo la Brigada Héroes -caracterizada por su escrupulosa disciplina- no dieron importancia al asunto y decidieron continuar con los entrenamientos por su propia cuenta. Fue de esta forma como emprendieron su migración desde la central policial hacia el Planetario, en donde encontraron un espacio poco menos que ideal para poder ser sus propios jefes. El recinto, con sus extensos túneles, un auditorio subterráneo, que actualmente se encuentra cubierto de agua, y sus espaciosos patios de concreto levantado, no solamente brinda una locación inigualable para la práctica de ejercicios de estrategia y combate, sino que ofrece a los pequeños brigadistas una la libertad imposible de encontrar en el exterior: la libertad de ser los dueños del Planetario.

El líder necesario

 

Ostentar el título de ser los actuales dueños de un espacio con estas dimensiones y de un valor considerable tanto en términos económicos como sociales no debe ser tarea fácil e implica también una gran responsabilidad que alguien tenía que asumir. Aarón es uno de los únicos dos cadetes que en un inicio estaban autorizados por los gendarmes para dirigir a la brigada y continúa haciéndolo en mancuerna con Néstor, quien también tuvo una trayectoria mínima dentro la Policía de Guadalajara. Los dos tienen diecisiete años.

 

Al ser preguntado sobre su posición de liderazgo, Aarón responde que, en realidad, todos dirigen la brigada, y que su trabajo consiste más bien en cuidar de sus compañeros, buscando demostrarles que sí pueden hacer las cosas:

 

-Ellos pueden ser sus propios líderes. No me siento superior.

 

Al mismo tiempo, reconoce que para ser un cadete, es necesario saber dirigir y tener lo que denomina voz de mando. El cadete piensa que es importante motivar a los brigadistas para que se atrevan a formar parte de los entrenamientos más duros:

 

-No les damos el bajón, aquí tratamos de levantarlos.

 

Del mismo modo, Aarón ha sabido transmitir a la brigada los que él considera los valores más importantes: desempeño, disciplina y responsabilidad; es lo único que se exige a cualquiera que busque entrar. Cuando llega algún novato, se le invita a un periodo de prueba de cuatro semanas, después del cual él mismo puede elegir si se queda o no. Aarón busca que entre la mayor cantidad de jóvenes posible, y les entrena para que, en algún momento, ellos mismos se puedan convertir en cadetes. En el camino, los brigadistas no sólo aprenden lo básico de las tácticas militares, sino que también se familiarizan con el importante valor del compañerismo.

 

Desde el surgimiento de la brigada cinco años atrás, sus integrantes han aprendido lo que el cadete líder invoca como <<el arte de combatir>>. Sus conocimientos de defensa personal le permiten hacer de esta agrupación una especie de patrulla que evita que el Planetario se vuelva un recinto tomado por quienes ocasionalmente se dan cita ahí para cometer conductas perjudiciales.

 

De cierta forma, la brigada que Aarón dirige ya ha generado su propio sentido de identidad. Han inventado porras y cantos, cuenta el cadete, adaptando los usados por cuerpos policiacos y militares que conocen. Una parte muy importante es que sus integrantes conocen tanto las fortalezas como las debilidades de sus pares. Mientras Aarón es bueno como dirigente, admite no tener el talento para el camuflaje: “hay personas aquí que me superan”. Por otra parte, todos aceptan como una parte central la disciplina. Es muy importante que el brigadista obedezca a sus superiores, y para poder ascender en el escalafón, habrá que batirse en combate tanto con Néstor como con Aarón simultáneamente. Es una tarea difícil, pero se busca que en algún punto, todos sean capaces de hacerlo.

Al preguntarle sobre lo que más le motiva de su participación en la Héroes, Aarón contesta que aquí, uno <<se desahoga>>, pues a pesar de las horas de entrenamiento militar y las intensas rutinas de acondicionamiento físico, al final termina siendo sólo un hobbie. No busca convertirse en militar, policía, ni mucho menos; busca ser ingeniero en mecatrónica, estando ya a la espera del resultado de los trámites de admisión para dicha carrera.

 

En el mismo sentido, admite que le queda poco tiempo en la brigada. Sabe que probablemente en dos años más ya haya terminado su tiempo, ya que un par de lesiones le han obligado a disminuir la intensidad de los entrenamientos, y eso, sumado al cansancio acumulado por ser brigadista desde la niñez, le motivaron a fijarse un último objetivo: sacar adelante a los nuevos cadetes para poder irse con la satisfacción de haber liderado un proyecto que, con suerte, podrá seguir avanzando, ahora con alguien más como cabecilla.

Día de brigada

 

La Brigada Héroes comienza temprano su rutina todos los sábados a un costado del Planetario Severo Díaz Galindo. Marchan enfilados y con un pasmoso orden, a veces entonando cánticos distintivos de su grupo, hasta llegar a la reja que debiera separar al recinto del mundo exterior, pero que actualmente es penetrable por cualquier curioso que se atreva a internarse en el lugar.

 

Al entrar al Planetario, jóvenes y niños inician con lo que refieren como <<hora de brigada>>, en donde realizan distintos ejercicios de adiestramiento de tipo militar, lo que es, básicamente, realizar formaciones bajo las órdenes de Aarón y Néstor, quienes obligan además a sus aprendices a portar siempre el uniforme del grupo: pantalones y camisa negros o con camuflaje, pechera, botas bien lustradas y a veces paliacate o pasamontañas. Están prohibidos los expansores en los oídos, el cabello teñido y las pulseras que no sean las oficiales, pues todos deben de portar una con el lema que reza “creemos en la igualdad”. Y es que en la Brigada Héroes no se segrega a nadie. O por lo menos eso es lo que cuenta Isabel, también de 17 años, una de las pocas mujeres dentro de la formación.

 

-Han llegado personas mudas y sordomudas; aquí no se rechaza ningún género ni se discrimina. Yo por ejemplo, además de ser mujer, estoy enferma de asma.

 

Ella llegó hace dos años, y contrario a todo pronóstico (el de su padre, por ejemplo) se quedó.

 

-Mi papá me preguntaba que si de verdad quería estar todo el tiempo entre puros hombres y yo le dije que no tenía nada de malo, pues igual estaba rodeada de hombres en mi casa. Yo creo que más bien estaba celoso.

 

Al preguntarle las razones por las que había decidido quedarse, revela con simpleza:

 

-Por eso mismo de que vivo con puros hombres tenía que aprender a defenderme de alguna manera.

 

Nunca ha tenido ningún problema por su género más allá de algunos tratos por parte de Néstor -uno de los cadetes líderes- que no le agradan del todo.

 

-Néstor era medio machista; luego entré yo y se le quitó. Aunque a veces todavía llega y me agarra como si fuera su muñequita.

 

Isabel describe luego a la perfección el proceso de selección que enfrentan todos los que desean integrarse a la Brigada Héroes, el cual puede realizar cualquier persona mayor de seis años y que le toma por lo menos dos semanas a quienes buscan formar parte del grupo. Si este proceso pudiera llegar a representar cierto nivel de exigencia, no tiene comparación con la estricta depuración que Aarón y Néstor realizan para elegir a los próximos cadetes (el grado más alto dentro de su organización), es decir, sus sucesores para estar frente a la brigada. Isabel relata que para que un miembro de la formación pueda convertirse en cadete líder tiene que superar complejas pruebas físicas, especialmente aquellas relacionadas con la fuerza:

 

-Quien quiera ser cadete tiene que ganarle a Néstor y a Aarón al mismo tiempo en un combate con inmovilizaciones, sin nada de golpes. Es muy difícil porque Aarón puede solo contra cuatro hombres de la brigada.

 

Nada de golpes, pues Isabel afirma con total seguridad que ahí nadie quiere fomentar la violencia. De hecho, recuerda que la única ocasión en la que presenció un enfrentamiento físico de gravedad dentro de la brigada no fue entre sus propios miembros, sino con los de otra brigada a los que califican como sus más acérrimos rivales: los Dragones.

 

-Ellos copiaron una de nuestras porras y ahí comenzó la rivalidad. Un día estábamos jugando fútbol entre brigadas y todo terminó en una pelea campal. De cualquier forma íbamos ganando, con todo y que ellos jugaban con ropa deportiva y nosotros con el equipamiento. Ahora buscamos ya no encontrárnoslos, pues seguramente terminaríamos en los golpes otra vez.

 

Mientras Isabel relata la intensa rivalidad con los Dragones, alguien lanza un grito que retumba en las paredes invadidas con mensajes que delatan el espíritu subversivo, o bien, la picardía de quien los escribió, pues van desde un “el delirio es un síntoma de libertad” grafiteado en rojo hasta invitaciones telefónicas para sostener encuentros sexuales de forma casual. La muchedumbre sudada de brigadistas se dispersa y deja ver a uno de ellos que yace en el suelo caliente del Planetario.

 

El desafortunado efectuó una llave de manera equivocada. Es de rutina. Nada preocupante, al parecer, pues Aarón ya se ha acercado a la escena para inmovilizarle el pie al dolido con una venda y darle medicamento para calmar el dolor. El cadete líder explica que fue parte de un curso de primeros auxilios con especialización en cuerpos tácticos que concluyó en 2013, cuando apenas tenía trece años. Es entonces cuando deja ver por qué es el líder del grupo: no solamente sabe dar órdenes con precisión, sino que también es cercano a sus hombres y les brinda protección en todos los sentidos.

Un incidente así no iba a interrumpir de ninguna manera el tan esperado día de brigada, en donde la actividad predilecta del grupo es la captura de bandera. En ella, dos bandos rivales se enfrentan con un único propósito: apresar primero al brigadista contrario y despojarlo de la enseña.

 

-Cuando capturan a uno, nos ponen a nosotros a cachetearlo. Es que no dejan a las mujeres golpear.- dice Isabel, mientras la escena de persecución continúa en todo el Planetario; algunas veces en el techo, otras dentro del domo principal.

 

La contienda se agota conforme el sol sube y pega directo sobre las cabezas descubiertas de los brigadistas. Las botellas con agua comienzan a vaciarse mientras pasan de boca en boca, y cuando el cansancio ya es evidente, surge entonces el ingenio del grupo. Todos se arremolinan junto a un pastizal que incendian en apenas algunos minutos. La escena es confusa, hasta que entra por la vereda principal del terreno un camión de bomberos pegando pitidos que arruinan la tranquilidad de aquel sábado caluroso en el Planetario.

 

-A veces les gusta incendiar cosas para que los bomberos vengan y nos mojen.- acusa Isabel, como si ella no fuera también parte de la travesura.

 

Los brigadistas celebran con ánimo festivo la entrada de los bomberos, toman la manguera y se empapan unos a otros; aparentemente, la contienda de este sábado ha terminado y la Brigada Héroes convive sin mayor preocupación. Al fin y al cabo, aquel pedazo de tierra perdido en el norte de la ciudad que es tan suyo da la impresión de no querer ser reclamado por nadie más.

Habitar el abandono

 

Por lo visto, construir el espacio público no requiere exclusivamente de las cuantiosas inversiones que los gobiernos realizan en muchas ocasiones para intentar vivificar aquellos puntos de reunión común, como parques, unidades deportivas, plazoletas o el propio Planetario, para conseguir que la comunidad se acerque a ellos, conviva y genere un sentido de apropiación a su alrededor. Al imaginar el espacio público ideal pudiéramos pensar en el exitoso proyecto de Avenida Chapultepec, que ahora ve su camellón central y los bares aledaños desbordarse todos los sábados por la noche sin excepción; lo cierto es que la Brigada Héroes nos demuestra que el espacio público ideal es solo aquel que hace sentido a quienes lo acogen y son acogidos por él con reciprocidad en una especie de simbiosis colectiva.

 

La Brigada Héroes fue capaz de encontrar en la estructura de metal corroído y el vandalizado domo principal del Planetario Severo Díaz Galindo ese hogar compartido mencionado al inicio, en donde individuos con características e intereses presumiblemente similares se reúnen para efectuar el rito de convertir en común lo propio. Como refirió en alguna ocasión el arquitecto Fumihiko Maki: el espacio público nace de una experiencia espacial significativa que es compartida por una población.

 

Sucede que, al contar la historia de la Brigada Héroes, estamos contando también la nuestra y la de toda una ciudad que se esfuerza por reencontrarse con sus espacios. Pareciera que por décadas Guadalajara ha sufrido el empeño de distintos grupos de poder por difuminar -para beneficio de sus intereses- el sentido de comunidad que los espacios públicos generan cuando son abrazados por la sociedad civil; sin embargo, esta cara B del Planetario nos muestra cómo al final estos no surgen únicamente gracias a la varita mágica de las políticas públicas ni de los ambiciosos proyectos de desarrollo y planificación urbanos, sino más bien dependen de la iniciativa de la ciudadanía, con, sin, o a pesar de sus gobernantes. Son las personas las que eligen cuáles espacios sobreviven y cómo lo hacen, además de participar en el proceso por el cual éstos mutan a lo largo de la compleja historia colectiva que compartimos quienes habitamos la ciudad.

 

Esta no es una historia de conflictos inmobiliaria más, pero sí es una historia de anhelo y dirección colectivos, en donde una muestra poco común de sociedad civil organizada -materializada en la Brigada Héroes- decidió el rumbo de su fragmento de ciudad y le dio sentido, dotándole de esta identidad que nadie más fue capaz de encontrar antes. Una evidencia determinante de que el Planetario y el espacio público en general, a pesar del abandono aparente y de jugar con todos los factores en contra, no puede entenderse sin las personas

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